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PANAMÁ EN OCHO PARADAS

Naturaleza, paisajes salvajes, infraestructuras incomparables o cafetales, algunas de las maravillas que invitan a visitar el país

Una gran ciudad, una infraestructura que une comercialmente al planeta y que está considerada la octava maravilla del mundo. Un museo dedicado a la naturaleza, unas islas que de tan salvajes son escenario de programas de supervivencia en televisión, un archipiélago soñado, una zona de montañacafetales volcanes, uno de los paraísos mundiales del kitesurf y una isla donde solo viven permanentemente unos guardas y un cocodrilo, que se vigilan mutuamente. Este es un viaje a Panamá en ocho paradas.

 

El casco antiguo de ciudad de Panamá

En la capital del país sucede algo similar a Singapur: cuando se regresa tras algún tiempo, varios enormes rascacielos han crecido en la parte moderna de la ciudad, rodeando al edificio más alto de Centroamérica: la torre de apartamentos y hotel Trump, propiedad del holding de empresas del presidente de los Estados Unidos.

Lo que no cambia, es más, mejora con el tiempo, es el casco viejo de la ciudad, al oeste de los rascacielos, entre el océano, el cerro Ancón y la entrada al Canal desde el Pacifico. Los edificios del siglo XVII, que incluyen la residencia oficial del presidente (aunque el actual jefe de Estado realmente vive en el piso 37 de un moderno edificio), están siendo progresivamente restaurados y a medida que se recuperan, allí se instalan algunos pequeños hoteles o restaurantes con encanto, que complementan a algunos museos y al memorial de la intentona francesa por construir el canal.

Una buena parte del Quantum of Solace, la 22ª aventura oficial de James Bond en el cine fue rodada allí e incluso el Instituto Nacional o Ministerio de Cultura simuló ser un bonito hotel colonial donde se alojó el 007encarnado por Daniel Craig.

 

El Canal

En muchas guías, libros o publicaciones de todo tipo suele leerse la palabra “imprescindible” cuando se recomienda visitar un lugar. En ocasiones, esta imprescindibilidad roza lo exagerado. En Panamá es distinto: ningún local podría entender que un viajero o turista pase por el país sin asomarse a conocer su orgullo: el Canal, una infraestructura que este 2017 cumple 103 años en servicio y cuya ampliación hace unos días cumplió un año.

La mejor manera de conocerlo es llegar hasta el centro de visitantes sobre las esclusas de Miraflores, donde una exposición, una sala de cine y sobre todo unas terrazas que se asoman al constante trafico marítimo evidencian la importancia de esta infraestructura por donde pasa buena parte de los bienes del mundo.

Una segunda opción para conocerlo es tomar un crucero de un día que atraviesa el canal de un océano a otro pasando por todas las esclusas, lagos y cortes del recorrido.

 

Naturaleza y biodiversidad

En la zona de influencia del canal hay una visita interesante a hacer: en la entrada pacifica de la infraestructura, por la que navegan medio centenar de grandes naves cada día. Allí, sobre terrenos ganados al océano con piedra extraída de las obras, está el museo de la Biodiversidad , instalado en un edificio diseñado por Frank Ghery, que de hecho es la única obra de este arquitecto en toda Latinoamérica.

 

Bocas del Toro

En coche está a diez horas de distancia de la capital y en avión, volando con Air Panamá a precios muy razonables, el viaje se reduce a menos de 60 minutos. Bocas del Toro es un lugar que se ha hecho celebre en medio mundo gracias a ser el escenario de las grabaciones de los largos programas de supervivencia en las televisiones de 18 países, España incluida.

Dejando de lado esa anécdota, la zona es uno de los grandes atractivos turísticos de Panamá en si mismo: playas gloriosas en pleno mar Caribe, poca gente, zonas increíbles para bucear, bosques frondosos y nueve islas idílicas, donde se come el pescado del día recién capturado en pequeños embarcaderos sobre el agua. El medio de transporte son las lanchas de madera, a las que escoltan los delfines en libertad. Los dos imanes del conjunto son la isla Colón, más desarrollada y Red Frog (rana roja) prácticamente virgen.

 

Archipiélago de San Blas

También en el litoral Atlántico o caribeño, en este caso más cerca de Colombia, territorio al que estuvo unido durante décadas, el archipiélago de San Blas es otra de las joyas de Panamá: 365 islas, la mayoría de ellas deshabitadas y que responden a lo que el europeo entiende como el Caribe soñado: palmeras altas o dobladas casi hasta caer en aguas cristalinas y tranquilas, arenas casi blancas y, en ocasiones, poder disponer de una isla para uno mismo durante unas horas cuando el barco en el que se viaja fondea frente a ellas.

“Esto no es el paraíso, es el cielo” dijo entusiasmado el escritor John Le Carré, autor del famoso libro de intriga El sastre de Panamá. Las islas habitadas están en manos de los indios Kuna, cuya bandera local sorprende: es casi igual que la española y en el centro lleva una esvástica al revés…que simboliza un pulpo.

Hoy cobran un peaje para visitar sus islas y conservan algunas de sus tradiciones, aunque quizá más de cara al eventual visitante, en busca de autenticidad, que por razones reales. Son muy prácticos, aunque este tema abre otro debate que no es el objetivo de este texto.

 

Boquete y el café

Situado al oeste del país, casi en la frontera con Costa Rica, la zona más montañosa de Panamá tiene su principal atractivo en Boquete, donde los senderistas disfrutan de caminos fantásticos, como la Quetzal trail o pueden subir hasta la parte más alta del volcán Baru para disfrutar de los paisajes más verdes del país, un valle donde también se produce uno de los mejores cafés de Centroamérica, con una decena de plantaciones diferentes.

En algunas se pueden visitar los campos de cultivo e instalaciones, donde se aprende y valora la cultura del café y el esfuerzo que hay tras casi cada taza de la segunda bebida más consumida del mundo. Las mejores fincas para disfrutar de estos cafés son Café Ruiz, Café Kotowa y la Finca Lérida, que además de plantación es también un hotelito-boutique decorado con cariño y gusto.

 

Punta Chame, puro kitesurf

Este pueblito, con tan solo 400 habitantes censados en la costa del Pacífico del país, se ha convertido en una de las mecas del kitesurf en las américas. Casi todo en esta localidad, situada en un istmo que se adentra en el océano, gira en torno a este deporte y otras disciplinas extremas.

De hecho, la multicampeona del mundo de kite, Gisela Pulido, desembarcó hace dos años allí para montar una escuela propia tras haber ido durante muchas temporadas a realizar sus entrenamientos de invierno, cuando la costa sur de Andalucía le hacia imposible volar y navegar con su tabla.

El estar situada a tan solo 100 kilómetros de la capital hace que su acceso sea fácil tanto para visitas de un día como para estancias más largas dedicadas al deportes acuáticos en un entorno muy auténtico.

 

Isla Coiba

Parada final en un lugar que los propios panameños consideran como uno de sus tesoros nacionales: Coiba , situada en pleno Pacífico, al sur de la provincia de Veraguas. Es la isla más grande del país y gracias al estado de conservación de sus arrecifes de coral, la exuberante diversidad de los animales y plantas que ahí se encuentran, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Eso hace que las visitas sean limitadas, algo que ya es fácil por su localización y porque solo se accede a ella en barco… o helicóptero, aunque en este caso de manera muy limitada, como también limitado es el número de personas que pueden quedarse a dormir por la noche, que no pueden alargar demasiado su estancia.

Únicamente los guardas forestales destinados allí y un enorme cocodrilo, de nombre Tito, son los habitantes permanentes de isla Coiba, el corazón de un parque nacional conformado por un archipiélago de 38 islas.

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